La sombra de la araña

amayaBNo tengo muy claro por qué corro. Solo sé que me estoy jugando mucho más que una nota. Quizá mis piernas hayan cobrado vida por los gritos apagados de mis compañeras o, a lo mejor, por la sensación de que no estamos solas en este pasillo del ala prohibida. Hay algo en el ambiente, algo que lleva semanas fraguándose, que me hace sentir que el mal ya no está de vacaciones.

No recuerdo que las paredes fueran tan estrechas, ni las sombras entre las lámparas tan densas. Por suerte Kate avanza delante de mí. No nos llevamos muy bien pero juntas quizá logremos salir del internado.

—Kate, espérame —grito.

Y no puedo evitar asustarme ante el tono agudo de mi voz, como si llamar la atención fuera peligroso.

—Olvídame, perdedora —me contesta, tan odiosa como siempre, mi compañera de cuarto—. No tienes ni idea de lo que es esto.

Ni siquiera se vuelve a mirarme.

Abro la boca para protestar. Y la cierro. Poco a poco, mis piernas dejan de impulsarme hacia delante, las baldosas del suelo parecen aumentar su densidad alrededor de mis deportivas. Es un visto y no visto. Algo, de una forma demasiado aberrante para poder entenderla, sale de una de las sombras del techo, dispara un apéndice con garras hacia Kate, le secciona la garganta y la arrastra hacia arriba. Desaparece en la oscuridad que se apodera aún más de las desperdigadas luces, en medio de un escalofriante «glup». Otra de esas criaturas se descuelga cerca de mí.

Grito. Grito y recupero el control de mis piernas, dejándome parte de las suelas en las baldosas. Pero aquello es rápido. Me giro. Estoy asustada. No entiendo lo que está pasando pero no pienso morir como una cobarde. Aprieto los dientes. Entonces aparece él. Él. Que me empuja, que se coloca entre ese ser y yo.

Él…

Está tan imposiblemente arrebatador como siempre. Mi corazón palpita traidor con la idea de que va a salvarme. Lleva una espada y con un tajo demuestra que sabe usarla. La cosa se desintegra en una nube que huele a huevos podridos.

«Víctor…» —suspiro, como una boba.

No puedo evitar fijarme en la soltura con la que porta el arma o en el brillo de sus ojos azules mientras extiende el brazo hacia mí, ofreciéndome una salida.

—¿Otra vez? —Retira burlón su mano tendida antes de que la mía la alcance—. ¿De verdad crees que voy a sacarte de aquí? Solo venía a despedirme. Me de-cep-cio-nas —silabea desdeñoso—, esperaba mucho más de ti. ¿No sabes enfrentarte a un demonio menor? Después de todo, va a ser cierto lo que dice Paula. Que no eres digna de mí.

Me sonríe. Un gesto sarcástico que pese a todo hace que los nervios revoloteen en mi pecho, bajando hacia mi desayuno. Es tan guapo… incluso cuando lo odio. Y tan silencioso como ha venido se va, apenas resonando sus confiadas pisadas por el pasillo.

Un demonio… Absurdo. Las lágrimas mojan mi jersey, gotas de humillación. No debería haber vuelto a pensar que le importo. Y corro. Sin rumbo. En vano. Aparece otro de esos seres delante de mí, esgrimiendo una sonrisa hambrienta en las desdentadas encías de su agonizante boca. Él me ha rechazado, ese cretino engreído ha vuelto a burlarse de mí. La rabia se pelea con el miedo en mi estómago. Me doblo hacia delante apretándome la tripa con un brazo. Voy a vomitar. Mientras unos tentáculos se alargan hacia mí, no puedo evitar preguntarme qué será más difícil de limpiar de mi ropa, si el vómito o la sangre. Aunque tampoco es que nadie vaya a querer de recuerdo lo que quede de ella.

 

Pacto de piel

portadapapelpactopielHace ya horas que ha caído la noche. Sobre una casa aislada en las afueras de la capital, las estrellas brillan con rabia en el cielo, como compitiendo con las luces de la cercana Zaragoza. En medio de las aterciopeladas tinieblas, saturadas con el aroma de las rosas de los cuidados jardines del unifamiliar, el silencio tiene ojos. Y ella lo sabe.

La mujer lleva tacones, estrechos, mas la observo deslizarse sobre las puntas de sus zapatos con la gracia de una bailarina, apenas arrancando susurros apagados al césped. Sin medias, sus piernas se pierden en una minifalda ajustada, de la cual una chaqueta de traje apenas deja ver unos dedos de suave tela oscura. No lleva pendientes, ni cadenas, ni nada que pueda tintinear. Sus labios se unen, relajados, en una media sonrisa que revela la soltura con la que realiza su trabajo, que habla de esa confianza que da la costumbre; su melena, ébano y larga, está recogida en una trenza baja. Tan solo sus ojos esmeralda podrían delatarla, por eso los lleva velados tras unas Ray Ban. Tiene estilo.

No le resulta muy difícil esquivar a todos los vigilantes. Como encargado de su equipo de apoyo, le he pasado los cambios de guardia, así como los lugares por los que patrullan, y para ella la noche es más que una aliada: es como el útero materno. Algo irónico, siendo que ha sido creada por los ángeles.

Cuando llega a una de las ventanas, cerradas y enrejadas, la veo ladear unos grados su cabeza; está escuchando alguna frecuencia de sonido que muy pocos pueden oír, yo entre ellos. Entonces cambia de plan, decide que mejor lo intenta por otro sitio. Se acerca a la entrada principal, una imponente puerta de acero cuyo único adorno es un relieve de símbolos rúnicos en su dintel. Vuelve a ladear la cabeza y sonríe complacida por la ausencia de sonido. Después su figura se difumina, se convierte en algo tan intangible y translúcido como un holograma y atraviesa el metal. Al hacerlo, la temperatura baja de manera brusca a su alrededor. El frío se transmite hacia los guardianes, arrastrado y difuminado por la suave brisa primaveral, provocando que se estremezcan como tocados por el hálito de un espectro. Aunque no lo achacan a ninguna causa sobrenatural.

Deberían estar mejor entrenados.

El pasillo está oscuro, la alfombra que lo cubre ahoga el ruido de las pisadas femeninas, las cuales ascienden por una escalera amplia y siguen avanzando, evitando ahora a los guardaespaldas de su presa, hasta que llegan a la entrada entreabierta de su dormitorio.

Ella se desliza dentro.

Y yo, a través del vínculo que nos une, puedo percibirlo. Puedo sentirlo.

Aunque él no está dormido: está sentado en su escritorio, de espaldas. La luz de la lámpara de mesa daña los ojos de la mujer que pese a las gafas de sol tienen que reajustarse. Se las quita. El tono verde vibrante de su mirada se apaga hasta uno tan claro como el de un estanque, uno rodeado de árboles y fecundo en nenúfares. Desabrocha su chaqueta y saca una daga de la funda que lleva sobre su camiseta negra. La empuña. La bombilla arranca destellos de su filo de platino y entonces, sin levantarse, él se gira.

Unos iris de un marrón profundo la miran con resignación y pena. Y sus labios, unos labios que no es la primera vez que ve, unos que ha besado con un deseo que se niega a reconocer, unos que ha sido tentada a saber qué se siente al hacerles perder su irreverencia con la presión de los suyos, se curvan con tristeza.

Y yo odio verme abocado a saber todo esto a través del pacto que me une a ella.

—Has venido. Esperaba que no lo hicieras.

—Tú.

La mujer grita la sílaba en voz apenas audible, manifestando así su sorpresa, el duro golpe que le supone verlo allí, en la habitación del hombre que está buscando. Entre todos los del mundo, es el último al que desea matar.

Y eso remueve mi herida.

—Sí, yo. —No se mueve, pero ella sabe que está a punto de hacerlo—. Debí imaginar que vendrías aquí. Al fin y al cabo es tu trabajo, detective.

Sus últimas palabras tienen un sabor amargo.

—Dime. —No puede evitar que la angustia que siente se refleje en su voz—. ¿Eres él, el que busco?

Se toma unos instantes para contestarle, como considerando si una mentira podría cambiar algo.

—Sí, lo soy. ¿Has venido a asesinarme, no?

El hombre sigue sin moverse. Tan solo el aire de su respiración agita la fina tela entreabierta de la prenda que porta, mostrando su intento de no perder la calma, haciendo que la mirada de ella se deslice traicionera hacia esos pectorales marcados en exceso. Hasta yo, desde los jardines, contengo el aliento.

—Sí.

Su tono suena frío y profesional, es su trabajo. Y para cumplirlo dibuja con los dedos en el aire la runa que marca a su interlocutor como presa.

—Pero no es asesinar —continúa—. Es ejecutar, pues infringiste la ley.

—No lo hice.

Su mirada se clava en la de ella con una fuerza inusitada, como queriendo llegar a su alma y convencerla de su inocencia.

—Estás en su cuarto y afirmas ser él. Lo hiciste.

Se encoje de hombros; veo a través de los ojos de la mujer que este se resigna aún más, como si eso le confirmara lo que ya sabía cuando la ha sentido entrar: si no quiere matarla o encerrarla de por vida, debe aceptar su propia muerte. Porque ella es de la camada de los peores sabuesos y una vez que ha olido su presa, no desiste jamás.

—Luchemos pues.

Se tensa y separa sus piernas en una postura que le permita de un modo sencillo tanto atacar como defenderse. Mas él sigue sin moverse.

Y ella sabe que si lo ejecuta estará acabando con algo más que un hombre, que destruirá a su raza entera. No se le ocurre ninguna razón para que él no pelee por su vida con toda su alma.

—No, Sandra. No voy a luchar contigo. Ya te dije que te amaba y no era mentira. Puedes matarme.

Como si no le costase el más mínimo esfuerzo, se arranca en un movimiento lento su camisa y deja la piel que cubre su corazón al descubierto. Odio el latido fuerte que siento sacudir el pecho de la mujer como si fuera el mío propio, pues ella ya no mira su cuerpo, lo que mira son sus ojos y la mueca triste y resignada de sus labios. Y se da cuenta de que era verdad, que él no le dijo como una burla lo de que la amaba. Noto cómo se humedece su mirada. La mía también, pero de rabia. Mi compañera ignora las lágrimas. Los sabuesos no lloran, no pueden permitirse las emociones. Son detectives infalibles, ejecutores fríos y él es el delincuente al que ha estado buscando. Se aproxima. Puede olerlo, su cerebro se llena con ese aroma que ella había identificado como testosterona mezclada con licor de manzana y condensada en su boca. Maldice para sus adentros y yo también. Tensa el brazo del arma, acerca su cara a la suya, tanto que sus alientos se entremezclan, deja que asome un brillo esmeralda a sus ojos verdes y lo besa. Tan solo es un roce, una caricia leve, donde le transmite su pesar, sus deseos, sus sentimientos.

—Lo siento —le dice tras separar los labios.

Agarra más fuerte el puñal y se va corriendo. Sin importarle el sigilo; al fin y al cabo, ya está muerta.

Él se levanta, suelta un juramento y debe dar una orden mental para que los suyos la dejen irse en paz, porque ella sale de la casa. Y vuelve a jurar. Me lo imagino, seguro que no tiene muy claro si no preferiría que Sandra lo hubiera matado, pues ahora solo tiene un día para capturar al culpable y demostrarle su inocencia. O mi compañera, presa de la maldición que pusieron esos ángeles estirados sobre su raza, no será para ese hombre más que un recuerdo doloroso.

Ingenuo… de un día nada.

En cuanto a recuerdos dolorosos, creo que yo guardo más. Así que espero poder hacerla entrar en razón antes de que sea demasiado tarde.

 

El pozo de todas las almas

pozoconletrasbiendelfamosoHabían abierto una discoteca no demasiado lejos de mi casa y me apetecía probarla. Así que me duché intentando alejar los problemas del día de mi cabeza. Después, me enfundé mis viejas botas, unos vaqueros, una camiseta azul claro de tirantes y salí a la calle. Como siempre que iba a un garito nuevo, el portero, una especie de armario 4×4 con cara de pocos amigos, se quedó mirando mi DNI con desconfianza.

—¿Dieciocho? ¿Seguro?

Reconocí que tenía motivos para sentirse escéptico: mi carné era falso. Pero había pagado lo suficiente por él como para que nadie que no fuese un experto pudiera verificarlo.

—Claro.

Lo miré desde el fondo de mis largas pestañas con la actitud más angelical que mis ojos azules, mis facciones de adolescente y mi melena rubia por los hombros pudieron darme. Sabía que eso lo exasperaría aún más. Debería ser lo suficientemente madura como para no disfrutar de estas situaciones, pero no podía evitarlo. Había tenido un día malo y apreciaba una pequeña diversión cuando me la ofrecían. ¿Que aparentaba menos de dieciséis? Si tú supieras…

—Ya —murmuró mientras escudriñaba mi DNI. Como si este pudiera decirle que yo era lo que parecía, una baby con un carné falso. Por más que las curvas que ceñían mi ajustada camiseta no estuvieran de acuerdo.

Me mordí el labio en actitud insegura y conseguí no reírme cuando no le quedó más remedio que dejarme entrar, pese a estar convencido de que le estaba dando el pego. Chico listo. Reprimí el impulso de soltar una risita de colegiala al pasar por su lado. Tampoco era cuestión de excederse.

Nada más cruzar la puerta, mi cuerpo vibró con el sonido de la música. La discoteca estaba llena. Quizás pudiera desconectar un rato antes de comenzar a trabajar. Había tenido un día frustrante.

Sorteando gente sobre mis tacones de siete centímetros (junto con el pintalabios, mi única concesión al lugar en el que me encontraba), me acerqué a la barra. Un taburete, una bebida y un poco de paz eran todo lo que necesitaba por el momento. Pero era pedir demasiado pues comencé a atraer las miradas. Nunca había podido evitarlo. Aunque no llevara maquillaje, ni vestido, ni minifalda sino tan sólo unos vulgares vaqueros, las atraía igual. Mis ojos eran de un atípico azul claro, mi cabello lucía siempre muy brillante, mi piel demasiado perfecta… y, sobre todo, siempre me habían dicho que poseía un algo que me hacía provocativa de un modo sexual. A mi padre le pasaba lo mismo, cuestión de genética. Si quería paz, debería haberme quedado durmiendo en mi cuarto.

Al cabo de unos minutos, comenzaron a acercarse. Como pude, fui rechazando de un modo más o menos amable todos los intentos de conversación hasta que, cansada, me dirigí a la pista de baile. Justo cuando comenzaba a moverme al son de la música (para mí, el ir sola a un bar nunca había sido un problema), una mano sujetó mi brazo.

—Ésta es tu noche, preciosa —susurró una voz seductora en mi oído.

Sí, claro, mi noche, seguro… Sobre todo si no me dejaban tranquila. Me giré para soltarle una lindeza nada cortés. Me estaba mirando como si yo fuera un aperitivo y esta fuese de hecho su noche de suerte. Normalmente, eso habría incrementado la rudeza de mi contestación de un «te has equivocado de esquina» a un «¿quieres la denuncia por abuso ahora o cuando te haya machacado las pelotas de una patada?». Tampoco podía evitarlo, tener poca paciencia y carecer de sentido común también era genético. Lo heredé de mi madre. O eso decía mi padre, pues la asesinaron al poco de nacer yo por meterse en líos.

En todo caso, parecía que en cierto modo sí iba a ser mi noche de suerte Al mirar a los ojos a ese tío pesado me quedé colgada de su mirada, enganchada como si él fuese el centro de mi mundo y yo no pudiera más que caer a sus pies como una boba enamorada. Oh, reconocía esa sensación de flotar y dejarse llevar propia del primer amor. Era sencillamente maravillosa.

—Sí —le dije sonriente—, es mi noche de suerte.

Y él se inclinó y me besó con suavidad. Mis rodillas temblaron. A continuación, me tomó del codo y me guió hacia la calle.

El portero lo miró mal cuando salimos. ¿Cómo se atrevía a juzgar a mi amado? Le habría dicho algo grosero, pero era demasiado delicioso limitarme a avanzar pegada a su cuerpo. Nos alejamos de la gente que disfrutaba de la noche veraniega en la puerta de la discoteca. Enseguida noté adónde me llevaba, a un parquecillo cercano donde muchas parejas, amparadas por la oscuridad, se besaban. Aunque yo sabía que él buscaba algo más. Y él no sabía que yo lo sabía. ¿Pero cómo iba a saberlo? No era vidente, tan sólo un vampiro.

 

El testamento de Roja

Roja 003

Eduardo Rovira no podía creerse la suerte que tenía, pero allí estaba. Por eso, mientras caminaba de vuelta a su hotel, tras asistir a una fiesta en el Meliá, sacó el móvil del abrigo y marcó el número de su prometida. Pasaban de las dos de la madrugada y era el único transeúnte de una calle amplia, iluminada por las altas farolas. Sus manos, sin guantes, se tensaron al salir del cálido refugio de los bolsillos.

—¡Edu!, ¿qué tal ha ido? —le respondió ella algo nerviosa, como si hubiera estado levantada pendiente del teléfono.

El hombre sonrió.

—Perfecto. Ya lo tenemos —contestó con una calma que no sentía mientras el frío invernal condensaba su aliento.

—¿Ha firmado?

—Hemos quedado para hacerlo mañana.

—¡¡¡Sí!!!

El grito de Nadia sonó con fuerza a través del móvil. Eduardo se sentía igual de entusiasmado que ella, aunque durante la velada había contenido su necesidad de proclamar a los cuatro vientos que lo había conseguido. Esta vez no se aguantó.

—¿Te das cuenta de lo que esto significa? —exclamó con la voz cargada de emoción—. Con ella como modelo vamos a triunfar seguro.

—Y no tendremos que cerrar la tienda. Joder, Edu, ojalá no estuvieras a tres horas en coche y pudieras venirte a celebrarlo.

—Tú guarda el champán, que mañana vuelvo a casa. Y le debemos una muy grande a tu hermano.

Lo cierto era que había sido este quien, viendo cómo la tienda de ropa de diseño propio que habían montado parecía condenada al fracaso, le había conseguido invitaciones para una serie de fiestas exclusivas a las que asistía Amianka, la modelo internacional que estaba causando furor en Europa y que llevaba unas semanas en España por una campaña publicitaria de joyas. Eduardo no dudó en aprovechar la oportunidad y viajó a Zaragoza, con la esperanza de que sus diseños le gustaran lo suficiente a Amianka como para que accediera a ser su imagen.

—Y tanto. Lo cierto es que aún no puedo creerme que sea verdad lo que se dice de ella —dijo Nadia.

—¿Que apoya el arte y el talento? ¿Que a veces no le importa bajar el caché para ayudar a auténticos desconocidos?

—Eso.

—Nena, yo tampoco acabo de asimilar la suerte que hemos tenido. Se acabaron los problemas de dinero. Con ella como modelo de nuestras creaciones, lo más exclusivo de Barcelona va a pelearse por comprarlas.

Porque esa había sido su apuesta: una tienda de lujo con diseños exclusivos. El problema había sido que tanto el alquiler del local como los gastos de acondicionamiento y decoración habían acabado con casi todos sus ahorros, a lo que había que sumar que, pese a tener una puerta abierta en pleno Paseo de Gracia, apenas cosechaban ventas. Pero ahora todo cambiaría gracias a Amianka.

—¿Cómo es? —preguntó Nadia tras unos segundos de silencio.

—Ya te lo dije: muy cordial y simpática. Para nada parece que nade en dinero.

—Y guapa…

—Nena, no empecemos con eso. Ahora no.

No estaba para otra discusión sobre las dichosas fotografías que había publicado la prensa rosa, cuando la famosa modelo le había invitado a comer para echar un vistazo a los diseños. Y, aunque las imágenes no mostraban nada que pudiera indicar un interés romántico entre ambos, los periodistas parecían haber encontrado provechoso insinuarlo. Algo que parecía haber alterado un poco a su novia.

—Vale. Tienes razón —suspiró Nadia—. Solo es que Amianka es guapísima y puede tener a cualquier hombre que desee.

—Nena, por favor.

—Vale. Mira, tú firma eso y vuelve aquí mañana. Ya me encargaré yo de quitarte toda imagen de esa rusa de tu cabeza —bufó para a continuación suavizar un poco el tono—. Te echo de menos.

—Y yo a ti. Te quiero.

—Yo también.

La voz de Eduardo se convirtió en un susurro mientras ralentizaba el paso y se demoraba en despedirse de su prometida. La mano le dolía bastante por el frío, pero no le importaba. La vida era perfecta. Lo tenía todo: una mujer, un trabajo que era su pasión y ahora el patrocinio de la modelo más cotizada que le daría a su línea de ropa el empujón que necesitaba.

La sonrisa, esa sonrisa boba que se le había instalado en las comisuras de la boca cuando Amianka le había citado para el día siguiente, no se había movido de allí en toda la noche. Le acompañó cuando colgó el teléfono y devolvió la mano al bolsillo del abrigo. También mientras acababa de recorrer los últimos metros que lo separaban del hotel NH, donde se alojaba esas dos semanas que ya llevaba en la ciudad. Era tan solo un tres estrellas, mucho más barato que el Meliá donde se había celebrado la última fiesta. Sin embargo, había supuesto casi un descalabro para sus ya casi agotados ahorros. Sus padres, que siempre le apoyaron, habían muerto hacía unos años en un trágico accidente de coche, y él había invertido la herencia en fundar aquel negocio.

Saludó al recepcionista al entrar y su cuerpo agradeció el cambio de temperatura. Por lo que le habían contado, en Zaragoza las temperaturas no solían ser tan bajas en noviembre, pero estaban atravesando una ola de frío. Llamó al ascensor y se quitó el abrigo mientras esperaba. Una vez dentro, pulsó el botón de la tercera planta y se dirigió hacia su habitación. Introdujo la tarjeta en la cerradura y abrió la puerta. Se disponía a meterla en el cajetín para que las luces se encendieran, cuando la puerta del baño, que estaba entreabierta, se abrió de par en par a sus espaldas y, justo después, alguien le golpeó en la cabeza. No llegó a verle. Fue tan rápido que apenas logró, de reojo, percibir el súbito movimiento que hizo que perdiera el conocimiento.

El diseñador despertó en algún momento indefinido de esa misma noche, con la puerta de la habitación ya cerrada y él amordazado y atado a la única silla del cuarto.

Apenas había luz. Le rodeaba una negrura casi absoluta. Entre los escasos huecos de las gruesas cortinas, se colaba una débil luz del exterior. Cuando Eduardo recobró el conocimiento, notó el dolor en la nuca y recordó dónde estaba y qué había ocurrido, se quedó congelado de pánico.

En su boca había algo. Algo esférico que le obligaba a mantenerla abierta, que le inmovilizaba la lengua contra el paladar y que le dificultaba la respiración. Era agobiante. Intentó morderlo, pero apenas logró clavarle los dientes. Además, al tratar de moverse, notó las cuerdas que lo mantenían inmovilizado por piernas, cintura, brazos y hombros.

Eso no estaba bien. Para nada. Él no conocía a nadie que hubiera vivido algo así, pero no hacía falta ser muy listo para saber que quien le hubiera golpeado y atado no podía pretender nada bueno. Una parte de él, una frialdad que le era desconocida hasta entonces, la misma que le había impedido gritar, que le susurraba que mejor que todavía lo tomaran por inconsciente, tomó el mando. Tenía que tranquilizarse. Quizás tan solo era un ladrón, uno a quien Eduardo había sorprendido y que ya se había marchado. Sí, tenía que ser eso.

Pero esa parte de sí no pensaba que fuera tan sencillo. Intento ver algo pero, con la barbilla pegada contra el pecho como estaba, no podía distinguir más que sus piernas y el suelo. Se centró en el oído. No escuchó más que su propia respiración, por lo que parecía estar solo en el cuarto.

Entonces deseó con todas sus fuerzas que solo fuera un robo. Que mañana pudiera estar riéndose de esto mientras abrazaba a su novia.

En vano. Esa inquietante sensación de peligro continuaba allí, impidiéndole creerse sus propias esperanzas, riéndose de él y susurrándole que no iba a tener tanta suerte.

Eduardo siempre había pensado que la fortuna era como la inspiración, un don esquivo que te sonreía si trabajabas duro. Sin embargo, cuando entró en su campo de visión una mano que empuñaba lo que parecía un enorme cuchillo, se dio cuenta de que su suerte era más bien una hija de puta que le había mostrado la felicidad para arrebatársela de golpe.

 

Hipernova

Hipernova-Amaya-Felices-EBPROXIMIDADES DE ETA CARINAE, AÑO 2558

La peregrina avanzaba despacio, sin más ofrenda que el cuerpo congelado de su esposo.

El inmenso espacio no estaba vacío: nubes rojas, cuajadas de estrellas que estaban naciendo, se agrupaban en formaciones granas dentro de la nebulosa. Sus contornos, imprecisos y amenazadores, parecían no poder evitar alejarse, desgarrados por la tormenta que asolaba a la estrella binaria Eta Carinae.

Las dos esferas de fuego azul que monopolizaban el cielo, una más luminosa y grande que su compañera, brillaban millones de veces más que el Sol; giraban en la danza mortífera, y apenas perceptible, que impedía que sus inmensos cuerpos, a menos de diez minutos luz de distancia, se fundieran en uno solo.

Cada Wolf-Rayet emitía parte de su masa en forma de fuertes vientos solares que chocaban, interactuaban furiosos, convirtiendo el cielo diurno en uno de los espectáculos más sobrecogedores y aterradores de la galaxia. No era de extrañar que alguien se hubiera tomado las molestias de llevar un pedazo de roca a su órbita y tallar allí algo. Un tributo, un observatorio. Para los humanos que lo encontraron, lo que ese alguien creó fue un templo.

El Templo era un asteroide artificial. Una enorme estructura rocosa que orbitaba a seis años luz de Eta Carinae. En la sombra que creaba, una nave se protegía de los fuertes vientos estelares. Su silueta alargada se perdía entre tinieblas, absorbida la poca claridad que emitía por los gases y partículas que azotaban el área. Era la única estructura construida por el hombre en la agrupación de materia cósmica de cientos de años luz que la rodeaba. De ella había salido la peregrina.

Bajo los soles, en el asteroide artificial, extrañas formaciones de diamante, estrechas y rectilíneas, refulgían en color azul zafiro sobre una inmensa plataforma oscura, llamando a la mujer que andaba entre ellas en una muda invitación ardiente. Pese a la distancia, pese a los gases y partículas que enturbiaban la vista de las dos gigantes Wolf-Rayet, el Templo no era un lugar frío. Y entre las delgadas columnas estaban las tumbas: cientos de bloques negros macizos de todos los tamaños, tan oscuros que parecían retar a la vista, terroríficos, alienígenas. Unos pocos estaban cerrados; la mayoría, vacíos. Hacia estos se dirigía la figura femenina con lentitud. La fina y transparente membrana de su traje espacial hacía que pareciera que caminaba vestida tan solo con un vestido blanco de luto, una minúscula e indefensa ofrenda a dioses implacables, portando entre sus brazos la ligera y preciosa carga de su amado.

Se acercó con pasos reverentes a uno de los sarcófagos de tamaño humano, haciendo que el polvo estelar depositado en la tenue gravedad se elevara, iridiscente. Su traje, que soportaba las radiaciones y los impactos de las partículas, permitía a la mujer avanzar serena sin que nada empañara su vista. El sepulcro, un rectángulo elevado y oscuro, la asustaba y llenaba de esperanza al mismo tiempo, y al igual que el vacío del espacio tras el templo, parecía absorber sediento toda traza de luz. Las pequeñas exhalaciones de aire que soltaba su traje, las cuales se dispersaban, cónicas, a su espalda, era lo único que conseguía dar un toque humano a la irreal solemnidad del paisaje.

Dejó a su marido en la abisal oscuridad de la tumba, envuelto en una unidad criogénica portátil que no duraría muchas horas y que aparentaba no ser más que una manta blanca. Antes de que las tinieblas lo engulleran, ella pudo ver cómo una sustancia reptaba sobre él, pegándose a su piel, cerrando el sarcófago en lo que parecía una máscara de cera negra.

La mujer lloró durante interminables minutos, hasta que su traje, incapaz de seguir procesando el llanto, cegó sus lagrimales. Y continuó esperando, minúscula como una mota de polvo más, rindiendo culto en un templo donde hasta las estrellas se consumían, furiosas, en un canto a la muerte. Depositó un beso en los labios de su amor, ya cubiertos, por el que comprobó la dura consistencia de la sustancia. Y siguió esperando, en la cara diurna del asteroide hueco, azotada por los fuertes vientos de Eta Carinae.

Cerca de ella, en la nave, una joven apretaba la mano de otro hombre. Y sus lágrimas se sumaban a las ya derramadas, bajo el polvo rojo de la nebulosa NGC 3372, en una plegaria silenciosa por la vida de su padre.

 

Para siempre

ParasiempreDicen que cuando el amor muere de manera trágica, en un arrebato de pasión encadenada, permanece su recuerdo, sus palabras, sus gestos… Que si no se puede superar la pérdida el dolor se convierte en una obsesión. No puedo decir que esté maldito porque tú habites en mí, es tan solo… tan solo que siento cómo sufres porque no te dejo ir.

Pero no puedo, no puedo perderte. ¡Estoy poseído por ti!

 

La nieve caía pesada, amontonándose sobre las lápidas. La fantasmal luna de invierno tocaba con sus pálidos rayos los copos estrellados, haciéndolos brillar como si fueran el hálito que se escapaba de los labios del hombre que, de rodillas, lloraba ante una tumba. Su abrigo, negro y largo, medio cubierto por la ausencia de color que imperaba en el paisaje, bajaba como una pesada mortaja desde sus anchos hombros hasta tocar el suelo, abrazando a aquella tierra que cubría a los muertos. Su rostro estaba inclinado contra el suelo y unos agujeros en la nieve, provocados por el cálido fluido vital que destilaban sus ojos, evidenciaban tanto o más que sus hombros agarrotados el dolor que lo recorría.

En la piedra que coronaba la sepultura, el manto blanco tan solo dejaba ver un nombre y el inicio de una fecha: María… 19…; así como el esbozo tallado de los rasgos de lo que debió de ser una joven hermosa.

En las sombras de la noche, en el cementerio de aquel pequeño pueblo español medio olvidado por sus habitantes, la mujer que portaba un ramo de rosas no vio al hombre que sufría en su homenaje silencioso. Ocupada con sus propios pensamientos e intentando localizar una estela en concreto, no se dio cuenta de la inmóvil figura arrodillada hasta que chocó contra ella. Sacudida de repente de sus recuerdos, se mordió los labios para callar la maldición que pugnaba por escaparse de estos.

—¿Lo siento? ¿Le he hecho daño? —se interesó algo preocupada.

Una cabeza de cortos y rizados cabellos negros se alzó hacia ella, unos ojos de un  tono tan oscuro como el dolor con el que la miraban la dejaron casi sin aliento. No se lo esperaba.

—¿Eres real? —susurró él.

Su voz era profunda y había algo, aparte de la oscura influencia del lugar en el que estaban, que hizo que la mujer se estremeciera, como si el desconocido no perteneciera a este mundo.

—¿Qué? —se sorprendió la mujer.

Era la noche de todos los Santos, de acuerdo, pero ella, con su moderno corte de pelo rubio, su abrigo rojo y sus zapatos negros de tacón no tenía aspecto de no ser de carne y hueso. Siempre le habían dicho que era una mujer de aspecto frágil mas nunca la habían confundido antes con una aparición. Si es que era eso lo que le acababan de preguntar.

—Perdone… —comenzó a levantarse él—, me ha sobresaltado apareciendo así, como de la nada. —Se sacudió la nieve de los vaqueros y la miró. Los huecos de sus lágrimas habían quedado cubiertos de blanco—.  Sobre todo ahora que acababa de invocarla… —murmuró en voz baja las últimas palabras.

—¿Disculpe?

—Nada, cosas mías —esbozó una sonrisa triste—. ¿Busca a alguien? Quizá pueda ayudarla.

La chica de cabellos claros se lo quedó mirando, con un dedo dubitativo en su barbilla, como si estuviera intentando dilucidar si era cuerdo entablar una conversación con un extraño más allá de la medianoche. Estuvo a punto de decirle que no pero, por más que no consiguiera acordarse de qué, era como si lo conociera de algo.

Sacudió la cabeza para librarse de semejantes ideas y decidió que podía confiar en que no iba a intentar robarle.

—Sé que no son horas, pero he llegado hace poco al pueblo y no quería irme a dormir sin visitar su tumba.

—¿Señorita? —preguntó dubitativo y continuó ante el cabeceo afirmativo de esta—, imagino que usted tiene muy claro a quién se refiere pero me temo que si no me dice algo más no voy a poder ayudarla.

La mujer se sonrojó ante la torpe omisión que acababa de cometer. Fue refrescante para ella pues no solía hacerlo, no desde hacía mucho.

—Mi abuela, la tumba de mi abuela. Mis padres y yo nos mudamos a Francia y no había estado aquí desde que era niña. O al menos desde que ella… —su voz se apagó hasta convertirse en un susurro.

Pero el hombre, si bien recogió esa nota quebrada, se quedó con el dato de Francia. Lo asimiló, haciéndolo encajar con el acento que acompañaba a la manera musical en que ella hablaba. Si no fuera porque sabía que era imposible al verla ante él, con esos mismos rasgos a los que había suplicado, maldecido y pedido perdón una y otra vez, juraría que el fantasma de su amada se había hecho carne en esa noche donde los espíritus eran más fuertes. Si no fuera posible… creería que estaba otra vez viendo su delicado rostro.

Y mientras el hombre intentaba no pensar en ello, en el breve silencio que había caído entre los dos, la mujer había olvidado por unos instantes sus propios problemas, atraída como la luz a un agujero negro por la profundidad que percibía bullendo tras los intensos ojos de aquel extraño. (¿Había estado llorando? No es que hoy en día eso fuera algo tan raro como antaño, pero aun así ella no podía evitar desear saber la respuesta a qué podía haberle hecho tanto daño. Y no debería, pues la vida le había enseñado a no interesarse por nadie).

Al final, la voz masculina rompió el silencio, con fuerza, como obligándoles a ambos a recordar dónde estaban.

—Si me dice la fecha de la muerte, podemos intentar buscarla. El cementerio no es pequeño pero ha ido creciendo de manera radial, con lo que no creo que sea muy difícil hallarla.

—Mire, esto es una locura. —La mujer soltó una risa nerviosa, como si se lo hubiera pensado mejor—. Mejor me voy y vuelvo mañana.

Le otorgó una sonrisa simpática y comenzó a girarse.

—Espere, ni siquiera sé su nombre. —Agarró la manga de su abrigo; fuera ella o no, no quería que se marchara.

Ella lo miró algo preocupada y tiró para soltarse. A continuación echó a andar a paso vivo hacia la salida del cementerio. Cambió de opinión a medio camino, atraída como se sentía por ese extraño que parecía recordarle a alguien y se paró un instante, justo el necesario para responderle.

—María, me llamo María.

La brisa que se levantó con sus palabras ahogó el eco de sus pisadas. La nieve comenzó a arremolinarse con fuerza y el hombre se giró otra vez hacia la lápida que había ido a visitar.

Sus labios se abrieron y pronunciaron su nombre (María…) con la devoción de un rezo, la rabia de una maldición y la certeza del que se sabe condenado. Bajo sus pies, quedaron aplastados los huecos que sus anteriores lágrimas habían horadado en el blanco suelo. Y los recuerdos fluyeron otra vez, reanimados por ese delicado rostro, sumergiéndole en la oscuridad de otra noche de todos los Santos, una acaecida tiempo atrás.

 

Puro glamour

Puroglamour—Tú tienes un problema muy grande, hermano.

—¿Por qué? ¿Porque a la mujer a la que tengo que cuidar le lancé una flecha de amor por un gilipollas?

—No. —Diofanor, el ángel con el cual estaba hablando Eyén, le observó con tristeza mientras meneaba su cabeza para mostrar su desacuerdo—. Porque te has enamorado de ella.

El aludido, vestido con un traje de chaqueta blanco y tumbado sobre una nube, con los codos medio hundidos en la algodonosa masa de vapor de agua y su barbilla apoyada sobre sus manos, lo miró mal. Muy mal. Pues ambos eran conscientes de que estaba prohibido: un cupido no podía enamorarse de su mortal.

—Sabes que no puedo consentirte que digas eso, ¿verdad? —le acabó preguntando Eyén tras unos minutos de considerar sus opciones.

Porque lo que este no quería era que se le aplicara el Castigo. Sí, con mayúsculas. Pues era uno tan terrible que se susurraba a escondida de padres a hijos, tan innombrable que nadie lo pronunciaba nunca, tan impensable que incluso aquellos que lo habían merecido eran sumidos en el más terrible de los olvidos.

Diofanor, que estaba como su compañero tumbado sobre la nube y mirando hacia abajo, hacia la ciudad humana, suspiró.

—No te preocupes, jamás se lo diría a nadie. Solo quería ayudarte. Al fin y al cabo, antes de dejarnos madre me dijo que cuidara de ti, del pequeñajo.

Eyén lo miró con una ceja enarcada. Como si para él fuera impensable que su perfecto y rectísimo hermano no hubiera renegado de cualquier petición que ella le pudiera haber dado.

—Tengo veintiocho años, puedo cuidarme solo —le contestó.

—Pues entonces ayuda a tu protegida a resolver su vida porque, lo que es yo, muy feliz no la veo. Mírala, con dos niños y un marido que la ignora.

Cerrando los ojos por un instante en un gesto de resignada aceptación, una que llevaba cultivando desde que, a los diez años, dejó de parecerle “guay” y “divertido”, Eyén comenzó a brillar con una luz dorada bastante potente. Su compañero miró hacia otro lado para no deslumbrarse. Cuando la luz despareció, en lugar de un hombre atractivo vestido con un elegante traje blanco había uno ataviado con pañales, un arco al hombro y un carcaj cruzándole la espalda. Sus musculados abdominales, que venían de serie en lo de ser un ángel, quedaban ridículos sobresaliendo de un pañal de esos blancos de recién nacido. Y sus alas, de plumas níveas pero tan pequeñas que no podría volar con ellas, acababan de completar el aspecto del típico disfraz que se ponía un chico cuando había perdido una apuesta. Pero esto era peor porque Eyén era un cupido. No importaba que cuando llegó a la prepubertad hubiera decidido que no quería serlo, que cualquier cosa sería mejor que lucir con ese aspecto.

“Un cupido para cada mortal. Cuando nace un niño humano, nace un cupido. Son uña y carne. Protector y protegido. Su guardián encargado de hacer que se enamore y viva feliz”.

Las palabras de su madre, que le cantaba en forma de nana cuando era un bebé y lo acunaba en sus brazos, volvieron como un recuerdo a sus oídos; pero no uno dulce, pues esta vez adoptaron un sonsonete de burla. Porque él sabía lo que era su madre.

—La veo, Diofanor —le dijo a su amigo ahora que sus sentidos afinados por su aspecto real le permitían mirar dentro de la casa donde ella estaba, desesperada y amargada, diciéndose una y otra vez que solo eran unos años malos, que cuando los niños crecieran todo volvería a estar bien.

—¿Y tú sabes que debería estar disfrutando de ellos, no? —se refirió a sus pequeños.

Diofanor había cambiado también su traje por los pañales y miraba a la misma mujer que su hermano menor.

—Sí.

—Te toca, Eyén. Tienes que bajar a la Tierra y lanzarle otra flecha, una que de verdad la haga feliz.

—¿Y el motero?

—¿El motero? —Diofanor apretó los labios como si eso fuera un problema—. Bueno, si me necesitas por aquí estoy.

Diofanor podía permitirse decirle eso. Y cumplirlo. Al fin y al cabo, su protegida apenas requería de su tiempo ya que era una actriz famosa que iba de affair en affair, cada uno más apasionado y que le reportaba más fama y dinero. Algo que su cupido se limitaba a observar desde arriba, ya que aún no había llegado el momento de que la mujer replanteara su vida a causa de una flecha de amor. Eyén, que conocía de sobras todo el tiempo libre del que su único hermano disponía, se encogió de hombros.

—Gracias. —Esbozó una sonrisa.

—Para eso estoy.

En medio de un estallido de luz dorada, Diofanor se volvió a cubrir con su traje.

—Bueno, pues estoy listo —le dijo Eyén, no muy convencido.

—Ánimo, tú puedes.

Y de un empujón lo tiró fuera de la nube, hacia abajo, hacia el lejano mundo humano.

Eyén agitó sus alas, demasiado pequeñas para volar, en un intento de frenar su caída.

Diofanor lo vio precipitarse hacia el suelo con una sonrisa preocupada en sus labios. El nombre de su hermano significaba protector, se lo había puesto su padre porque era el que más potencial tenía de ambos y, sin embargo, lo desperdiciaba porque no estaba a gusto siendo un cupido. Se suponía que era él el que, de los dos, podría seguir los pasos de su padre y ascender a guardián, hacerse inmortal, crecerle las alas y ocupar para siempre un lugar en la Corte Celestial. Pero no… a este paso se iba a ganar el honor Diofanor (lo cual no le disgustaba en absoluto) y su hermano pequeño corría el riesgo de ser condenado al Castigo. El ángel, mientras observaba cómo Eyén impactaba contra el suelo de un parque, se incrustaba varios metros en la tierra y luego se levantaba como si nada, deseó que ojalá este fuera capaz de tomar la decisión correcta.

 

Guille encuentra a Fluffy

muestraparamiweb

paraweb

paraweb

Comments are closed.